martes, 1 de abril de 2003

La miniaturización del rating

El rating está ligado, desde sus orígenes, a la alta tecnología. Primero, con unos audímetros que registraban en un rollo de papel (similar al de las sumadoras) el canal que era sintonizado en el hogar seleccionado. La cinta de papel era recogida cada siete días y cambiada por una nueva. Esta información se validaba y procesaba para así obtener los ya desde entonces famosos ratings.

Originalmente el invento del audímetro servía para monitorear a las audiencias de radio. Sin embargo, el radio se hizo pequeño muy rápido. Mucho más rápido, al menos de lo que se podía empequeñecer el audímetro. Afortunadamente, para cuando esto pasaba la televisión empezaba a hacer su aparición en los hogares norteamericanos y, el pionero de todo esto, un ingeniero llamado Arthur C. Nielsen, se le ocurrió que el sistema para medir audiencias de radio bien podía ser utilizado para medir las de televisión.

Hoy, la misma tecnología que hace posible la televisión ha miniaturizado las pantallas. Y, por otra parte, la radio se quedó con una tarea pendiente: contar con un indicador tan preciso y detallado como el del rating televisivo. The Telecontrol System tiene ya una solución en uso: un pequeño audímetro o people meter del tamaño de un reloj de pulsera. Con este sistema existe un panel activo en Suiza desde el año 2001 y están ya instalando un panel de cerca de 2,000 radioescuchas en Londres. El nombre del dispositivo es Radiocontrol y, a la fecha, es el audímetro más pequeño en funciones del mundo. Hay otros, pero apenas están instalados en muestras y lugares de prueba. El rating electrónico minuto a minuto para radio es ya un hecho.

Mientras tanto, VNU Media Measurement & Information, hace también pruebas desde octubre del año pasado con un audímetro personal pero para medir de manera electrónica otro tipo de audiencia: la audiencia expuesta a la publicidad en exteriores (outdoor advertising), la cual incluye los llamados espectaculares.

Esta área de investigación es totalmente nueva. Un audímetro del tamaño de un localizador (pager) cuya función es la de monitorear la posición de su portador con base al sistema GPS (global position system o sistema de posicionamiento geográfico) para ubicación vía satélite. El recorrido hecho por las personas del panel minuto a minuto es trazado sobre un mapa en donde se ha identificado con anterioridad el lugar donde están los carteles y espectaculares de los cuales se quiere medir la audiencia. El objetivo es establecer cuántas personas estuvieron expuestas a algún anuncio en exteriores, obtener el alcance, la frecuencia, penetración, el rating... La metodología empleada en esta medición aún se mantiene en secreto ya que en este terreno todo está por definirse. El panel piloto ha sido instalado en Johannesburgo, Sudáfrica.

El rating electrónico minuto a minuto para publicidad en exteriores también está a la vuelta de la esquina.

sábado, 1 de marzo de 2003

¿Reality Shows o Voyeurity Shows?

Es como la adicción a la pornografía. La tolerancia a mirar aumenta con cada nueva imagen vista. El aprendiz de pornógrafo se vuelve maestro y busca nuevos retos. Ya no le satisface lo que antes le atraía tanto. Necesita más imágenes y que cada imagen sea más explícita que la anterior.

Lo único que tienen de nuevo los reality shows es el nombre. Son simples programas de concurso o, si se prefiere, espectáculos deportivos. Son tan reales como un partido de fútbol o una partida de ajedrez. Igual que cualquier juego, en los reality shows se establecen reglas, un objetivo o meta, y un espacio para jugar —ya sea un campo, un tablero, una casa Big Brother o una Academia. Preguntarse si un reality show es real o no es como preguntarse si un juego es real o no. No es real en tanto que las reglas establecidas en un juego normalmente no se aplican en la realidad, y además, el espacio de juego suele ser una mera delimitación virtual. Es real en tanto que las piezas de ajedrez están hechas de madera, el futbolista se rompe una pierna "de carne y hueso", y cuando se ve a alguien dormir en el reality show está durmiendo "de veras".

Un reality show es un programa de concurso llevado al extremo. Ya no le es suficiente al espectador con ver sudar a un experto antes de dar respuesta a las 13 preguntas del 13. O con reírse al ver a un sorprendido transeúnte caer en una broma para Te Caché o Cámara Escondida. El espectador necesita más. Cada vez más. Y para eso está el aparato televisivo y sus hacedores, para darle más.

Lo esencial de los reality shows no es lo "reality", no es lo real, es el voyeurismo. Más que reality shows, son voyeurity shows: el espectáculo radica en el placer de mirar, no en lo que se ve. Si hay diferencia con los programas de concurso y los de cámara escondida es una diferencia cuantitativa, no cualitativa. Diferencia cuyo peso se carga más hacia el público que hacia la pantalla. El mirón, la audiencia, quiere ver más porque cada vez puede ver más. Ya no le es suficiente con una cámara y unas cuántas reglas de juego. En cambio, lo que ve, el contenido, es básicamente lo mismo: un juego que busca provocar situaciones reales a partir de reglas y tableros virtuales.

La traducción correcta de reality show sería “espectáculo bajo condiciones reales” y no “espectáculo realista”. De lo contrario se llamaría realistic o realist show. La propuesta es voyeurity show o “espectáculo bajo condiciones voyeuristas”. Voyeurity no está registrado en el diccionario, es invención mía. Alguno podría objetar que todo espectáculo es voyeurista, y con razón. Lo que planteo aquí es que precisamente todo espectáculo también se presenta siempre bajo condiciones reales. ¿Qué tiene más peso en este tipo de espectáculos, las condiciones reales o las condiciones voyeuristas? Yo creo que las voyeuristas.

Algunos analistas, lectores y televidentes en general, han manifestado distintas preocupaciones en torno a la verdad o falsedad de hechos o eventos en los reality shows. De hecho, algunos artículos de prensa creen descubrir el hilo negro señalando alguna "anomalía" o "engaño" en la organización o producción de los mismos.

Entendámonos de una buena vez. Big Brother o La Academia no son documentales. Como espectáculo, su taxonomía es cercana a otro tipo de show que también solemos despreciar los analistas: la lucha libre. Es decir, Big Brother es primo del Santo y Blue Demon (famosos luchadores enmascarados mexicanos), no de George Orwell. La Academia es vecina del cuadrilátero de la Arena México, no de la escuela de Platón.

Roland Barthes, lucha libre y mitologías

Roland Barthes no vivió para ver Big Brother o La Academia. Sin embargo, no creo que le hiciera falta. Esa es la ventaja de un marco teórico sólido. En su libro Mitologías, Barthes nos dejó una serie de reflexiones sobre algunos mitos de la vida cotidiana francesa en la década de los 50. La lucha libre, el strip-tease, la publicidad, son algunos de los temas abordados a partir de distintos materiales como la portada de una revista, un artículo de periódico, un cartel, un noticiario. Revisemos algunos puntos de su lectura sobre la lucha libre y veamos si podemos aplicarlos a nuestro objeto de estudio, particularmente en la polémica sobre la falsedad de este espectáculo televisivo contemporáneo:

Aquellas personas se indignan porque el catch [lucha libre] es un deporte falseado (cosa que, por otra parte, debería liberarlo de su ignominia). Al público no le importa para nada saber si el combate es falseado o no, y tiene razón; se confía a la primera virtud del espectáculo, la de abolir todo móvil y toda consecuencia: lo que importa no es lo que cree, sino lo que ve. [...] se puede apostar por el resultado de un combate de boxeo; en el catch [lucha libre], no tendría ningún sentido.

¿Qué significa, qué representa el espectáculo de la lucha libre? ¿Puede esto aplicarse a Big Brother o a La Academia?:

Se trata, pues, de una verdadera Comedia Humana, donde los matices más sociales de la pasión (fatuidad, derecho, crueldad refinada, sentido del desquite) encuentran siempre, felizmente, el signo más claro que pueda encarnarlos, expresarlos y llevarlos triunfalmente hasta los confines de la sala. Se comprende que, a esta altura, no importa que la pasión sea auténtica o no.

¿Qué busca el público en la lucha libre? ¿Qué espera la audiencia de Big Brother o La Academia?:

Lo que el público reclama es la imagen de la pasión, no la pasión misma. Nadie le pide al catch [lucha libre] más verdad que al teatro. En uno y en otro lo que se espera es la mostración inteligible de situaciones morales que normalmente se mantienen secretas.

Desde esta perspectiva de la semiótica, la aproximación al estudio de ambos espectáculos es en relación a la manera en que los ve-lee-significa-mitifica el público o audiencia. No estoy diciendo que la lucha libre y un reality show sean iguales. Digo que en tanto la producción y puesta en escena, el público o audiencia los ve-lee-significa-mitifica de la misma manera. Al menos esa es la hipótesis.

Tampoco estoy diciendo que los participantes al concurso de Big Brother o La Academia usen "máscaras" o sean actores. Tampoco Barthes afirma que los luchadores engañen al público que los ve. Lo que dice Barthes —y yo me sumo a su decir— es que eso no importa. Parte de la discusión en el caso de los reality shows es el cuestionamiento al qué tanto son influenciados los participantes por la situación límite que viven, por lo que les dijeron antes de empezar el show, la manera en que los seleccionaron, etc. En tanto una deconstrucción del mito, eso no es importante. El mito interesa al semiólogo en tanto sistema de comunicación, y eso incluye tanto al receptor y al mensaje. Si Quetzalcóatl o Zeus no existieron, ¿en que cambia al mito y sus lectores?

Jean Baudrillard: “Nuestra realidad se ha vuelto experimental”

En Dust Breeding, Jean Baudrillard —filósofo francés famoso por inspirar la película The Matrix— aplica algunos de los conceptos que caracterizan su discurso filosófico a un reality show exhibido en Francia. Podemos decir que Baudrillard parte de cuatro ejes fundamentales.

Primero. "Nuestra realidad se ha vuelto experimental". La cultura occidental vive una época que tiende a simularlo todo, a hacer del experimento una cultura. Es decir, a cultivar lo experimental. Los reality shows nacen del "qué pasa si... ", del aislamiento del objeto a estudiar, del cambio de variables, etc. Se crean espacios para ser vistos, comentados, opinados...

Segundo. Como Disneylandia, el reality show da la ilusión de un mundo real. Mientras Disneylandia es el espejo del mundo de "afuera", Big Brother o La Academia son el espejo del mundo de "adentro". Hay un placer en ver al otro, ese otro que no es más que otro yo. (Y no olvidemos que el otro del otro soy yo: no hay voyeurismo sin narcisismo.)

Tercero. ¿Voyeurismo pornográfico?, se pregunta Baudrillard. "Lo que la gente desea profundamente es un espectáculo de banalidad". En medio de tantas cosas que contar, en medio de tanta violencia que relatar, los medios están descubriendo la vida cotidiana. La gente está fascinada y horrorizada al mismo tiempo con la indiferencia del "nada que decir" o el "nada que hacer" o (en el caso mexicano) del vacío de significado en la muletilla "güey".

Cuarto. La audiencia es cómplice porque es juez o verdugo. La audiencia tiene el control y el poder. La audiencia es envuelta en este ejercicio de transferencia. Es decir, el voto otorga cierta interactividad a la audiencia. Ya sea para afirmar "así somos" o "así no somos". La audiencia es Big Brother o es el sinodal del examen profesional. Ya sea que levante el teléfono y marque, ya sea que simplemente espere a ver el resultado "para ver lo que la gente vota".

Voyeurómetro: ¿otra definición para el rating?

En ambos casos, en el de Big Brother y La Academia, hablamos de nuevas marcas de rating para las dos principales televisoras del país, y en general, de dos fenómenos televisivos que han mantenido la atención de la audiencia. Igual sucedió con los buenos tiempos de decenas de programas de concursos (me vienen a la mente Sube, Pelayo, Sube o Juguemos a Cantar), la cámara escondida de Ciudadano In Fraganti, los clásicos Chivas-Guadalajara, algunas peleas de box y luchas del Santo.

Los reality shows hubieran sido intolerables para el público mirón en ese entonces. Ahora ya no le es suficiente con ellos y requiere segundas partes más radicales. El voyeurismo va en aumento y el rating parece ser un excelente instrumento para medirlo.


Referencias:
Mitologías de Roland Barthes lo encuentran editado por Siglo XXI. El artículo se llama "El mundo del catch".

Dust breeding de Jean Baudrillard está traducido al inglés y publicado en Ctheory.net. La traducción de las citas entre comillas es mía.

domingo, 1 de diciembre de 2002

Y a todo esto, ¿en qué cree el Chavo del Ocho?

Televisa tiene en El Chavo del Ocho, El Chapulín Colorado, y en general los programas de Chespirito, un cheque al portador en puntos de rating. En los últimos años hemos visto como las repeticiones de estos programas han logrado niveles de audiencia muy por encima de lo que cualquiera hubiera esperado. Cuando la parrilla de programación falla en un horario competido, los responsables de mantener el barco a flote simplemente gritan "y ahora, ¿quién podrá defendernos?". Después de recurrir al chipote chillón y las antenitas de vynil, se dan cuenta que lo único que hacía falta era un chanflazo. Después de levantar el rating, la voz del antihéroe mexicano por excelencia se escucha a lo lejos, una y otra vez, en tono de burla pero también de sabiduría irónica: "¡No contaban con mi astucia!".

México ha cambiado mucho en algunas cosas desde que los de mi generación veíamos a Roberto Gómez Bolaños y compañía en la pantalla de nuestra televisión. Sin embargo, ese pequeño microcosmos de la vecindad del chavo, (que no vale medio centavo, pero es linda de verdad) parece estar más vigente que nunca. Y por vecindad me refiero al espacio narrativo tanto del programa de El Chavo como de El Chapulín. Los literatos me van a matar por decir esto, pero Macondo es a García Márquez lo que la vecindad del Chavo es a Gómez Bolaños.

¿Qué hay en estos programas que los hace tan vigentes? Chespirito renunció desde un principio a retratar a través de la comedia a la gran famila mexicana. Por el contrario, todas las familias de la vecindad bien podrían considerarse disfuncionales. No estoy muy seguro, de hecho, que algunas de ellas pudieran ser consideradas "familias" bajo la definición de varios estudios de mercado actuales. Chespirito tampoco intenta, ni por un segundo, subirse al falso tren de un México en camino a la modernidad. El Chapulín no es el único antihéroe de estos cuentos. Lo son, a su manera, todos y cada uno de los personajes de este pequeño universo. Pobreza, marginación, hambre, desamor, soledad... ¿a quién que no sea de piedra no se le ha hecho un nudo en la garganta con alguno de los capítulos del niño sin nombre?

Claro, Gómez Bolaños también retrata el humor y alegría con la que los latinos salimos al paso en los momentos difíciles. Rescata, como pocos (pienso en la Familia Burrón o las canciones de Chava Flores), el habla de la calle, la musicalidad de las frases, el ritmo de las repeticiones, la danza de los movimientos corporales. Y va más allá: recrea la máquina del lenguaje popular, formando sus propias palabras, sus propias expresiones, sus metáforas y metonimias. Después, la realidad ha imitado al arte –como bien apuntara Oscar Wilde– y son las expresiones del Chavo y el Chapulín las que han enriquecido nuestra lengua.

Sin embargo, aún en ese rescate del habla popular hay algo de melodramático, trágico a veces. Si los dichos y refranes son la sabiduría de los pueblos, los personajes de la vecindad fallan en ser sabios: no solo olvidan los refranes sino que los recuerdan equivocadamente. Hasta en eso son antihéroes.

Chespirito logró retratar a los mexicanos tomando apuntes del natural, pero evitando a toda costa usar de modelo los arquetipos que los mismos medios nos estaban intentando vender. ¿No era paradójico que en el mismo lienzo electrónico donde veíamos el mundo sin progreso y futuro de la vecindad apareciera el optimismo socioeconómico hecho noticiario en 24 horas?

Pero hay una gran ausencia en el microcosmos de la vecindad. Una ausencia debida, seguramente, a las circunstancias de una época. A esa parte de México que si ha cambiado, y mucho.

El Chavo del Ocho y el Chapulín Colorado son laicos. O, si se me permite la idea, su mundo es pagano. Dios está ausente en la vecindad.

Si algo no está retratado en ese microcosmos es lo creyente que son los mexicanos y latinoamericanos en general. Ni en el habla ni en los gestos ni en los ritos. No hay bautizos, ni primeras comuniones, ni confesiones, ni falsos juramentos, ni exclamaciones. Faltan incluso los "¡Dios mío!", "¡Jesucristo!", "¡Lo juro por ésta!", etcétera. Abunda, eso sí, el "¡Chanfle!".

Supongo que hubo una restricción explícita al libretista. Eran, hemos dicho, otros tiempos. Sin embargo, es de destacarse como la creatividad toma fuerza con las limitaciones. La ausencia de Dios en la vecindad es casi imperceptible. Cuando he platicado sobre el tema con colegas y amigos, la mayoría se sorprende o incluso intentan buscar inútilmente en los rincones de sus memorias alguna escena que contradiga una afirmación tan blasfema. La habilidad del escritor radica en que casi nadie se percata de esa limitación.

(El laicismo de la vecindad en la pantalla no dependía de Gómez Bolaños. En el disco "Chespirito y sus canciones" hay tres pistas que lo demuestran: "Hermano Francisco", "Oyelo escúchalo" y "Un año más". Las tres cantadas por el Chavo.)

Este tema da para más. Tal vez existan algunas excepciones. Es digno de un estudio a detalle. Merece que se haga una revisión de cada uno los capítulos: 1,250 episodios grabados entre 1970 y 1995. Para aquellos estudiantes universitarios que todavía no saben de que hacer su tesis profesional ahí tienen una idea. Luego no digan que se les chispoteó.